Barcelona, ​​del vapor a los microchips


Durante los siglos XVII y XIX, Barcelona fue una de las primeras ciudades de España en industrializarse, especialmente con sectores como el textil y la metalurgia. El sector textil representaba cerca del 40% de la producción manufacturera catalana a finales del siglo XVII. El barrio del Raval y Poblenou fueron epicentros de esta transformación. Las fábricas empezaron a poblar el paisaje urbano, y con ellas surgieron las chimeneas, esenciales para la ventilación y el funcionamiento de las calderas de vapor. En Barcelona quedan cerca de setenta, pero había más de 300.

En 1833 había 75 máquinas de vapor en Catalunya;
en 1861 ya superaban las 1.000, la mayor parte en Barcelona
Jordi Nadal

El emprendimiento no era sólo industrial: impresores, editores y libreros impulsaron una nueva economía del conocimiento. La mejora de las comunicaciones y el desarrollo del comercio con América abrieron oportunidades. El impulso emprendedor de esos tiempos también se refleja en la creación de instituciones económicas y educativas, como las escuelas de comercio y artes, que formaban futuros industriales. La mentalidad de iniciativa, disciplina e innovación consolidó a Barcelona como el centro industrial de la península, con una burguesía emprendedora que marcaba el rumbo de la ciudad.



A lo largo del siglo XX, la ciudad vivió una profunda transformación industrial, con la metalurgia y el sector de la automoción como pilares fundamentales de su desarrollo económico, y una concentración significativa de talleres y fábricas en barrios como Sants, Poblenou o La Sagrera. El impulso definitivo llegó a mediados del siglo, especialmente durante el franquismo, con el establecimiento de industrias de gran escala como la SEAT, fundada en 1950 en la Zona Franca de Barcelona. Esta empresa marcó el inicio de una nueva etapa: la producción masiva de vehículos. A su alrededor crecieron numerosas empresas auxiliares que proveían componentes y servicios.

Durante la segunda mitad del siglo, con la apertura económica y la Transición, emergieron empresas innovadoras y se consolidaron ferias y salones profesionales como plataformas de expansión internacional. La preparación de los Juegos Olímpicos de 1992 fue un punto de inflexión: muchos emprendedores aprovecharon oportunidades en turismo, servicios, construcción y comunicación. Barcelona se proyectó en el mundo como ciudad moderna y cosmopolita, con una economía diversificada y una nueva generación de empresarios que combinaban tradición familiar con visión global.

La aportación del sector industrial pasó del 47% el 1975,
al 20% a finales del siglo XX
Jordi Maluquer de Motes


A principios del siglo XXI, la ciudad da un salto cualitativo hacia la economía del conocimiento, posicionándose como un hub tecnológico de referencia en el sur de Europa. Hoy, los sectores de alta intensidad tecnológica o basados ​​en el conocimiento representan casi la mitad de la economía de la ciudad, con un 49,6% del Valor Añadido Bruto, y la industria ha perdido casi todo su potencial. Muchas fábricas y espacios industriales históricos han sido rehabilitados como museos, centros culturales u otros usos urbanos.

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